CUATRO
Anhelo
una cotidianeidad más emotiva. Con lo que tiene lo emocional de irruptor en la repetición de los días, de negación de la constante de los días.
Los afectos hacen todo diferente con ese continuo de variable intensidad y matices.
Lo que soy se manifiesta del modo más real cuando quiero y soy querido, cuando manifiesto amor y soy amado.
No llegar al trabajo cada día y encontrar bustos moribundos, veinteañeros trepanados por auriculares y abducidos por una pantalla de ordenador. Niños burbuja. Niños pompa. Fúnebre.
Criaturas bomba que, de inmolarse, inundarían de nada esta oficina. Menos écoutants de su propia música que inmunes a la ajena.
Tanto silencio cada día puede volverme loco. O sordo.
O quizás me ayude a desarrollar un finísimo oído capaz de interpretar las melodías que se filtran a través de sus auriculares, a la manera de una renovada, tecnológica y auditiva versión del mito platónico de la caverna.
Deseo más cruces de miradas, más sonrisas, compartir ideas originales. O menos ojos, menos bocas y menos cabezas de ganado.
Y disfrutar de los días al lado de Mauricio. Aunque haga aún más duro el contraste. Entre lo que siento y dónde estoy.
Cómo amo y cómo soy.
una cotidianeidad más emotiva. Con lo que tiene lo emocional de irruptor en la repetición de los días, de negación de la constante de los días.
Los afectos hacen todo diferente con ese continuo de variable intensidad y matices.
Lo que soy se manifiesta del modo más real cuando quiero y soy querido, cuando manifiesto amor y soy amado.
Pero hay días en los que paso diez horas siendo sólamente profesional. Y ejercer no es vivir. Ya lo escribí antes en otro poema; pasan los años (más de 5) y me da por sentir lo mismo para escribirlo igual.
No llegar al trabajo cada día y encontrar bustos moribundos, veinteañeros trepanados por auriculares y abducidos por una pantalla de ordenador. Niños burbuja. Niños pompa. Fúnebre.
Criaturas bomba que, de inmolarse, inundarían de nada esta oficina. Menos écoutants de su propia música que inmunes a la ajena.
A la mía, que hoy ha sido - sobre todo - Miqui Puig y "Te quiero ahora, te quiero luego"
Tanto silencio cada día puede volverme loco. O sordo.
O quizás me ayude a desarrollar un finísimo oído capaz de interpretar las melodías que se filtran a través de sus auriculares, a la manera de una renovada, tecnológica y auditiva versión del mito platónico de la caverna.
Tal vez acabe por creer que esas virutas sonoras son el único sonido de extraños al que puedo aspirar.
Deseo más cruces de miradas, más sonrisas, compartir ideas originales. O menos ojos, menos bocas y menos cabezas de ganado.
O cruficar esos ojos, esas bocas, esas testas bovinas.
Y disfrutar de los días al lado de Mauricio. Aunque haga aún más duro el contraste. Entre lo que siento y dónde estoy.
Cómo amo y cómo soy.
Mierda de lunes, otra vez.

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